Puede que los medios estén todos compartiendo la noticia. Que las redes sociales lo estén confirmando por repetición. Prince no está muerto. Si me lo digo a mí misma me convenzo, y si soy capaz de crear una ficción donde esté vivo aún, mejor para todos.

Mi teoría es que Prince tenía planeado esto. Que no está realmente muerto, que es una forma de revitalizar su carrera musical, mientras se jubila del asedio de la industria mediática que cada cierto tiempo recurría a él —un maestro creativo como ningún otro, capaz de inventar una canción sexy con las primeras tres palabras que se te vengan a la mente, acompañarlo de riffs de guitarra absolutamente hipnóticos, y un bajo disco que era su ingrediente secreto— para acompañar artistas nuevos en premiaciones o apariciones en televisión.

Las mujeres nunca fueron decorativas o una curiosidad para él, eran imprescindibles para su música, para su show, para sus letras. Habló de sexualidad sin caer en sexismo; nos dio tantas pistas para hacer y producir mejor música, pero nos estábamos distrayendo con lo contemporáneo y competitivo, así que tuvo que morirse. Solo así nos íbamos a poner a revisar y a estudiar su historia de nuevo, a hablar de sus esfuerzos y sus logros, de sus apariciones más graciosas, de sus mejores atuendos.

En los 80s él mismo esparcía su material inédito, sacando casets de su bóveda para escucharlo en su auto con amantes, prestárselo a amigas y amigos músicos, así pirateaban canciones que nunca iban a sonar en la radio. Después aparecía en ferias libres material raro y exclusivo. Es que producía demasiado, siempre estaba escribiendo nuevas canciones, y quizás nunca podríamos escuchar todo lo que grabó si no fuera por la bóveda bajo tierra que contiene su producción musical completa. Aun así no quiso compartir todo eso con la internet.


Prince podía ver como músicos contemporáneos a él ya estaban dando lata, como Madonna, con quien escribió el disco Like a Prayer. Artistas importantes estaban pasando a ser una sombra de su mejor época, una leyenda en vida, y él no quería eso. Él iba a orquestar su propia muerte.

Pero además de su música, estaba su imagen. Hizo suyo el color púrpura —como hizo suya la guitarra, transformándola en un instrumento para su genio—, un color ambiguo, nocturno, elegante y femenino. Delineó y sombreó sus ojos, nunca descuidó su bigote, ni sus pestañas. No le interesaba conformarse a los estándares de masculinidad agresiva y sucia que preponderan en el rock; usó atuendos de seda, pañuelos y boas de pluma, pantalones acampanados, los brazos descubiertos mostraban su trabajada musculatura, y el cuello en v su pelo en pecho. Ninguna de estas cosas resultaba en una contradicción cuando se trataba de Prince. La masculinidad sí podía ser delicada y sexual a la vez.


También escribió Nothing Compares 2 U, de Sinnead O’Connor

Prettyman fue su oda al estilo andrógino, a parecer una mujer masculina, un hombre hermoso, “Don’t hate me ’cause I’m beautiful”. Y a pesar de eso provocaba y tenía relaciones amorosas con mujeres, que amaban su forma de hacer apología a la feminidad, sin pudor, sin paternalismo. Más allá de lo que pueda especular acerca de su vida íntima, es muchísimo más relevante el trabajo que desarrolló con las mujeres de su vida, la guitarrista de Purple Rain Wendy Melvoin, la pianista Lisa Coleman, la percusionista Sheila E., Todas mujeres talentosas y exitosas en sus propias carreras. Pero fue la ingeniera de sonido Susan Rogers la que comenzó a organizar las cintas de Prince en 1983, cuando se unió a la producción de Purple Rain, las ordenó en una bóveda bajo el estudio de Paisley Park. Allí están archivadas miles de canciones nunca antes escuchadas de The Artist Formerly Known As Prince, que sus musas, músicas y ahora custodias, pueden liberar cuando les parezca pertinente.


Minuto 2 segundo 10: Albums still matter, like books and black lives…

Es una sensible auto-conciencia lo que le permitió siempre ir más adelante, entender el poder de su cuerpo y de sus palabras, y a la vez ser capaz de reírse de sí mismo, que todo a nuestro al rededor es absurdo y caótico, lo único sobre lo que tienes poder al final es sobre tus acciones, sobre tu performance.
Prince era un obsesivo, no creo que haya dejado su muerte al azar. Eligió este día, eligió esta época para retirarse. Ahora está escondido en otra parte del mundo, en una isla en las Bahamas, o una cómoda cabaña en las montañas de Nueva Zelanda, mientras sus cercanos responden frente a los medios, para volver a encontrarse con él cuando el duelo oficial concluya. Mientras tanto está riéndose y disfrutando de todo lo que estamos escribiendo al respecto. No, Prince no está muerto, Prince está escondido en una bóveda.

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