Siempre me maquillo. A veces menos, a veces más. Algunos días solo me pongo crema humectante y protector solar, pero no me siento presentable así —en el sentido más literal de la palabra— no siento confianza suficiente para presentarme en sociedad.
La alteración de la apariencia para responder a estándares de belleza socialmente aprendidos es algo humano, y digo humano porque todas las culturas comparten la idea de que la belleza debe ser cultivada con ritos diarios. Mas la percepción de la belleza es algo diferente, suele responder a nuestro contexto más próximo, nuestro estilo de vida, a veces influye nuestro trabajo, otras a la búsqueda del estilo propio.

Hay días que no salgo de mi casa, pero me maquillo para tomarme fotos, fotos burdas, narcisas, SELFIES. Esto suena muy banal cuando se plantea de ese modo. Que estemos tan conscientes de nuestra propia imagen tras la cámara y queramos capturarla más de una vez, llevándola lejos de la mirada humana, permitiendo que el único juez sea la red. Es ingenuo que todavía queremos creer que tenemos absoluto control sobre la tecnología, y no al revés, que podemos consumir y participar de las actuales plataformas sociales virtuales y no ser afectados por las cosas que vemos. Es que las redes sociales tienen ese límite afilado, nos hace creer que estamos eligiendo qué ver, qué son nuestras cosas favoritas, y eventualmente esas cosas se transforman en nosotros, lo que consumimos nos representa. Buscamos gente que consuma lo mismo que nosotros y compartimos momentos en la red con ellos, consumimos validación a través de likes, entonces por qué no querríamos saber cómo conseguir la mayor cantidad de likes.

Antes los narcisos y las hermosas tenían que justificar su belleza frente a un director, o un fotógrafo, un pintor. La mirada era de alguien más, y ese alguien era necesario para capturar la propia imagen. Ahora podemos tomar nuestras propias fotos, y ese traspaso de poder sobre la imagen va a ser trascendental para la historia del arte y la fotografía. Además vamos a dejar atrás un montón de fotos de nuestra cara que a los arqueólogos del futuro les va a dar mucha paja revisar, fotos que nunca subimos, pero que también dicen mucho acerca de la percepción del yo que cambió y va a seguir cambiando durante la época de la cámara frontal.

En una era donde todo es marketing, la selfie se pone en valor cuando se convierte en la máscara que participa por ti en las plataformas donde te desenvuelves, en esta tercera dimensión virtual.
Tuve la suerte de poder viajar a Los Ángeles el año pasado (California, no Bio-Bio), y viví un Beauty-Shock. Los Ángeles no es una ciudad cualquiera, es LA, L.A., el-ei, la ciudad de los medios, del cine, de la música, de la comedia y por supuesto: de la belleza.
No es casual, los habitantes de Elei son enfrentados a las cámaras de manera frecuente. Es una ciudad muy fotografiada, muy grabada, y ahí están los jóvenes que quieren ser parte de ese registro contemporáneo.

Selfie make-up kween, residente de Malibú

Yo me maquillo, pero en Estados Unidos se maquillan más que la chucha. Onda las minas usan todos los recursos drag que existen antes de salir a la calle. Contour, iluminador, pestañas postizas. Es impresionante como se arreglan, y se ven como mujeres letales, incluso las más chicas. Las niñas de 14 años se ven de 18 o más, porque además todas quieren ser Kylie Jenner, la actual Miss Selfie. Y ella cumplió 18 recién, pero hace rato que se ve mayor, por lo mismo: el maquillaje.
Las niñas ya no pasan por esa etapa incómoda donde se ven como el hoyo —por elegir apurada maquillaje del supermercado o la farmacia, no achuntantarle al color de base, o porque se delinean solo la parte de abajo del ojo y parecen cachorros tristes— ahora consiguen todo el conocimiento tecnológico del maquillaje a través de internet, y su inspiración de su fuente de validación más próxima: instagram.
Creo que existe un tipo de maquillaje que habita principalmente en esa red de fotografías por celular; y cuando sale de ahí genera una ruptura social, porque todos pueden darse cuenta que estás usando maquillaje, mucho maquillaje. No sentir vergüenza de verse notoriamente maquillada puede provocar reacciones negativas dentro de sociedades como la nuestra, tan conservadora y vigilante de la apariencia del resto.

Mientras haya tanta violencia dirigida como vigilancia constante sobre nuestros cuerpos, cómo deberíamos vernos, va a ser difícil dejar de darle importancia a nuestra apariencia, vamos a necesitar armaduras reflectantes para defendernos, que nos hagan sentir seguras. Para mí eso es el maquillaje, eso es la ropa y el estilo. Un revestimiento que uso para confrontar los prejuicios de los demás, pero es un revestimiento llamativo, porque no quiero conformarme a ellos, quiero desafiarlos.

El mito que existe detrás del maquillaje en la narrativa patriarcal es que solo lo hacen mujeres vanidosas, inseguras, superficiales y que lo hacemos para atraer atención masculina. Pero una mujer tampoco puede salir a la calle viéndose enferma o pálida, con la piel manchada o con espinillas, porque la exigencia actual es nacer perfecta, no necesitar nada más que jabón y agua, ser como la virgen pero además verse mina.

Bajo esa lógica contradictoria es imposible no volverse loca, buscando siempre un punto medio desde donde no incomodar a nadie. La auto-percepción actual es un fenómeno complejo que va más allá de la vanidad, tiene que ver con el poder sobre la propia imagen, la sobrevaloración de la juventud, y la búsqueda de validación social.

Y hoy en día no importa cuál sea la norma respecto al uso y abuso del maquillaje, porque desde que llegó la cámara frontal existe una consciencia sobre la propia piel que antes no existía. Eventualmente todos van a querer verse lo mejor posible frente a su cámara, y el editor de esa fotografía es una misma, el juez es una misma, y a veces no hay nadie más cruel que una misma.

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