La enemistad se venía fraguando desde hacía tiempo. Cuando llegué a aquel lugar me di cuenta enseguida de las miradas cómplices de algunos, los murmullos, las risas disimuladas, pero asocié aquella tensión a mí mismo, por ser tan distinto a todos los demás –enrollado más encima–, así que decidí no ponerle atención al asunto. Luego, mi permanencia en el sitio fue perfeccionando mi capacidad de observación; con el tiempo noté ciertas recurrencias, ciertos grupos cerrados entre los asistentes de la mañana y de la tarde. Incluso cierto cromatismo predominaba dependiendo del hombre o mujer en cuestión y su grupo de aliados, siempre con un elemento fluorescente como parte clave de la vestimenta: gafas, muñequeras e incluso, recurso supremo, calzado de última generación. Precisamente, a pesar del parecido general, todos se afanaban en proteger las más nimias diferencias, en un intento de personalizar sus experiencias.

Yo, en cambio, era el bicho raro, sin adscripción, e iba diariamente a lo mío, más por desafío personal que por formar parte de la cofradía allí presente. Mientras tanto, el aire se podía cortar con un cuchillo y yo no me daba cuenta de ello. Todo esto lo puedo contar ahora, años después, porque he reconstruido la historia mediante mis recuerdos y la literatura periodística de ese entonces, interesada en desentrañar el misterio detrás del desmesurado acto acaecido en el recinto.

Esa mañana comenzó como cualquier otra: me levanté, me lavé la cara, preparé un plato hondo de cereales y mientras esperaba que mi digestión diera el vamos me vestí con la tenida apropiada para mis propósitos. Salí del departamento y fui recibido en la ruidosa avenida por un cálido sol primaveral, lo que me llenó de la energía vital necesaria –nunca he abandonado mis raíces hippies, creo–. Llegué al lugar y rápidamente comencé mi rutina diaria. Si bien el sol me había energizado también me atontó, y por error dejé una pieza de la maquinaria sin utilizar en una zona poco recomendable para ello. Yo ya estaba tres máquinas más allá cuando escucho un grito agudo, capaz de transmitir plenamente la aflicción de quien lo profería. Como andaba sin lentes no vi bien, pero noté que un grupo de personas se agolpaba en torno a la máquina que yo había utilizado hace un rato. Me acerqué para ver qué sucedía. Un hombre bajo pero con una gran musculatura y apretada polera de un azul fluorescente imprecaba a otro, alto y también musculoso, con gafas oscuras –a pesar de encontrarse bajo techo y con luz artificial– y vestido de rojo fluorescente.

“¡¿Qué hiciste, imbécil?!”
“Nada hueón, pa’ qué dejai ahí la hueá vo'”
“Yo no dejé nada, ¡mira cómo está la Pili!”

Y vaya, la Pili estaba mal, tirada en el piso y gimiendo mientras se tomaba el pie. La pieza olvidada había caído en una de sus extremidades inferiores mientras trataba de montar otra pieza en la máquina. Vi que se sacó las zapatillas y, horror, tenía los dedos quebrados. Al momento de la revelación se escuchó un suspiro ahogado de estupefacción entre los presentes. Entonces ya nadie entendió razones: el joven de rojo se abalanzó sobre el de azul, rodaron por el piso y empujaron a otro hombre, bajo y musculoso también, que cayó sobre una chica vestida de azul eléctrico. Otros jóvenes, hombres y mujeres, se metieron en la pelea, defendiendo a sus amigos. Y en ese momento lo entendí todo. Podía observar que la acción era puesta en marcha por dos grupos en pugna, ¿cómo no lo había visto antes? Ahora parece tan claro… No me quise quedar para ver el final de la pelea, además yo era el anónimo culpable de la disputa. Me fui velozmente a mi departamento, un poco preocupado por lo sucedido, aunque con el pasar de las horas fui restándole importancia y a la noche ya me parecía una anécdota cómica.

Mi relajo tuvo un serio revés cuando con mi pareja vimos las noticias de medianoche, en las cuales se informó de la carnicería perpetrada en un céntrico establecimiento de la ciudad. La reportera no podía esconder su desconcierto por los hechos que narraba. Seis personas murieron a causa de las rencillas entre bandas rivales y otras 13 quedaron gravemente heridas. Sí, ese fue el día de la famosa matanza del gimnasio, el enfrentamiento mortal entre quienes usaban Nike y aquellos que usaban Adidas. Antes de ese día no me había dado cuenta de la importancia que las marcas tenían entre el resto de los usuarios del gimnasio, pues siempre lo consideré un marcador de clase y estilo que francamente no me interesaba –otra de mis absurdas luchas ideológicas–. El fenómeno mediático que acompañó al suceso propició la aparición de defensores y detractores de la ropa de marca, generando una de las polémicas culturales más candentes del año 2016.

Nunca más abrieron el gimnasio, por ahí leí que detuvieron a sus dueños. Ahora ya no existe. A pesar de que en ese lugar todo el mundo me desagradaba la culpa me carcome. Desde entonces me cuesta dormir, tengo ataques de pánico. Pero más que culpa tengo rabia de que me pasen estas cosas. Con lo que me costaba de por sí ir al gimnasio y paf, lo cierran. Lo tomé como una señal de que el ejercicio no es para mí y aquí estoy, en mi casa, lejos de las marcas, libre de verdad en este encierro, viendo tele y metido en internet todo el día: Navegar é preciso; viver não é preciso…

ropita

 

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