Haber sido cheerleader es solo una de las contradicciones con las que convivo. No sólo quería ser feminista; también bonita, popular y estar en la punta de la pirámide. Me encanta ser la típica hija del patriarcado y feminista a la vez. A simple vista, la media Antítesis.

Una vez que me involucré en la disciplina y comencé a conocer el mundillo, me di cuenta que las relaciones internas son muchísimo más complejas que el conflicto de Kirsten Dunst y los Toros en Bring it on — sin desvalorar los maravillosos dramas que nos regaló la saga—.

Así, en mi afán de buscar el feminismo en todas partes, caché que el cheerleader podía llegar a ser un arma de doble filo: por un lado es el espacio en que la feminización de las cosas no tiene límites, donde todas y todos podemos ser femeninos sin ser castigados por nadie. Todxs podemos ser brillantes, resaltar personalidades, volar sin escrúpulos. Somos bonitas, nos sentimos bonitas: yo diría que es un espacio cómodo para nosotras.

Pero por el otro lado, ese jopo gigante armado a punta de un litro de laca en la cabeza, la escarcha repartida sobre nuestros ojos, el ombligo expuesto, podrían ser exageradas cualidades de feminidad; sin embargo, parece que son solo máscaras de personalidades aprendidas. Ese mismo sistema que nos enseñó a ser bonitas…nos hace sacar nuestros peores sentimientos para volvernos individualistas, competitivas, frívolas.

Porque la guerra del tapete consiste en brillar, lamentablemente, se trata de brillar en un deporte que se basa en la feminidad mercantil. Me da pena pensar que el único lugar donde ser mujer es validado como una herramienta positiva, se convierte en una negativa al estar hundida en los males del imperio.

Yo quería ser cheerleader desde pequeña, porque siempre fui bajita, ser flyer y bailar adelante. El cheerleader tradicional, el cheerleader gringo es literalmente lo que el patriarcado quiere de nosotras, y en Chilito, por supuesto que queremos vivir dentro de Triunfos Robados. Aunque creo que es justamente en ese intentar de reproducción, en esa imitación obvia, que nace en mi corazón la esperanza de que nunca seremos ese monstruo macabro, por una cosa casi esencial: siempre somos y seremos los tercermundistas. Los que copiamos, los que a pesar del esfuerzo, nunca seremos gringos. Nunca seremos los toros, y no lo digo por la destreza coreográfica y desempeño en el tapete (porque los chilenos somos buenísimos en el deporte), sino que este monstruoso sistema está hecho para que nunca alcancemos la cima de la pirámide.

Y así, cuando pienso en el cheerleader chileno, me dan ganas de creer que podemos volver a releer y actuar desde el mismo lugar; considerando que es un espacio ya ganado por mujeres per se. El feminismo puede venir de todos los espacios posibles, mientras se esté rompiendo con estructuras naturalizadas por instituciones corruptas y por sobre todo, mientras se esté luchando contra un sistema opresor.

Me gusta pensar que el feminismo no es sólo movimiento, no es solo organización, me gusta creer que en nuestros espacios cotidianos, cualquier acción emancipatoria hacia el régimen puede ser feminismo sin que lo pensemos ¿cuantas feministas existen sin saberlo? Y más que la lata de catalogar si es feminismo, me gusta la idea de que mujeres independientes provoquen una ruptura revolucionaria en sus espacios.

No sé si practicar el cheerleader en chile sea una práctica emancipatoria (de hecho no lo creo); pero la considero una oportunidad para reevaluar nuestros espacios femeninos y rescatar de ellos las instancias en que somos compañeras, en que podemos crear comunidad. Curiosamente, la única vez que escuché a alguien catalogar de gorda a una compañera, fue un hombre; porque sorprendentemente las peleas y cahuines que vi entre mujeres no caían en los argumentos esterotipados cheerleaderezcos.

Así que: Chiquillas todas, compañeras todas y cheerleaders todas: nada está perdido. Querernos, ayudarnos y ser nosotras es la mejor herramienta de lucha.

AGUANTE FRENTE LIBERTARIO CHEERLEADER FEMINISTA

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