Mirar Tinder es como vitrinear hueones. Pero como cuando vitrineas por internet, entras a una página tipo asos.com, te pones a mirar vestidos, agregas los que más te gustan al carro y después decides si los compras o no. Bueno así lo hago yo al menos, no sé cómo más se podría.

En mi foto de Tinder salgo bonita, interesante, me veo flaca, tengo un escote sugerente, pero estoy seria, super seria. Y mi descripción dice “solo hablo con multimillonarios/ I only chat with multimillionaires”. Creo que es honesto de mi parte sugerir mi complejidad. Si una persona hace match después de mirar mi descripción ya sabe que mi personalidad es terrible, mi sentido del humor no tan gracioso, o que soy super super rica.

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No estoy interesada en hablar con nadie, no quiero salir con ninguna de las personas con las que hago match, soy mala para chatear. Cuando chica era buena comunicándome a través de msn, me permitía ser más sensible, poner emojis kawaii n_____n, mandar zumbidos, y me interesaba conocer gente nueva. Ahora no me interesa, no puedo fingir interés tampoco, porque empeoré en mi calidad de persona, no me sale, soy mala actriz, incluso cuando solo soy caracteres vinculados a un avatar virtual que me representa.

En algún momento disocié la imagen de los avatares de la persona real, y está bien, así se supone que haga una persona madura que se enfrenta a las vicisitudes de la complejidad humana a través de internet. En algún momento hay que darse cuenta que las personas cuando controlan todos los aspectos de su imagen para quedar bien representados a través de sus perfiles en las redes sociales, están eligiendo qué mostrar —a veces eligen como el hoyo, hay gente que de verdad queda en vergüenza cada vez que decide exhibir su vida—, y esa construcción que hacen a partir de sus elecciones, es una máscara que se utiliza como herramienta para chatear, para dar like, para hacer match.

Yo

Lo que me pregunto es si esa disociación facilita la objetivación del resto. Sabemos que existe una objetivación del cuerpo femenino por parte de los medios. Pero qué hay de la auto-objetivación, cuando nos ponemos nuestra mejor cara, escribimos lo que creemos que nos da a conocer o lo que nos vuelve interesantes, y quedamos a disposición de un juez anónimo, que a través de un servicio gratuito (pero que pueden upgradear si es que pagan como tres dólares) nos ve al pasar, como en un catálogo de minits. Estamos eligiendo objetivarnos, estamos poniéndonos a disposición de un servicio, y no nos están pagando nada. Bueno yo me creo muy valiosa y creo que deberían pagarme por todo, darme plata por existir, pero ya sé que no funciona así. Uno utiliza ese servicio y supuestamente obtiene beneficios, el beneficio de conocer a gente nueva…

¿Ya dije que no quiero conocer gente nueva? Estoy chata de la gente que conozco, y no espero sorpresas de la gente que me falta por conocer. Todos deben ser súper buenas personas con las mejores intenciones y ganas de cambiar el mundo o lo que sea, pero ya estuvo bueno de vida social para mi. No son ustedes, soy yo —que me carga la gente, pero la encuentro bonita. Entonces entro a Tinder, y me meto a vitrinear. SUIFT SUIFT SUIFT SUIFT SUIFT LEFT SUIFT SUIFT LEFT SUIFT SUIFT todos son horribles SUIFT uh se ve interesante-oh no qué asco su segunda foto se ve pésimo sin lentes SUIF SUIFT. Los afortunados y afortunadas (no discrimino por género cuando se trata de belleza) que hacen match conmigo, lamentablemente deambulan en el limbo del chat sin responder, para siempre. Si es que un día estoy enojada con mi pololo entonces me meto a Tinder y le converso a alguien y juro que estoy coqueteando y le estoy causando celos a mi pololo, pero en realidad él nunca se entera que hice eso (hasta que lea esto), y no se pone celoso, porque no sabe, entonces realmente me ahorro el problema de pelear con él cuando estoy enojada, porque cobro venganza sin que se de por enterado.

Los minos y minas se quedan ahí en el carro de compras de mi vitrineo sentimental, porque no tengo cambio para pagar por nadie.
Los minos y minas se quedan ahí en el carro de compras de mi vitrineo sentimental, porque no tengo cambio para pagar por nadie.

Ilustración: Rodrigo Ortega

 

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