Se va por fin el verano, que hace tan difícil la vida de cualquier dark estricto durante cuatro largos meses, todos los años. Hay que decirle adiós y me preparo para mi fiesta favorita, la fiesta del bosque, incluye todo lo necesario para recrearse: noche, luna llena, drogas y el beat infinito de la música tecnológica.

Decido los elementos con los que voy a emprender esta aventura lejos de Santiago. Mi mochila es pequeña y práctica, sólo tiene frutas, agua sin gas, chocolate 70% cacao, una botella de vino tinto, gafas de sol y lo más importante: labial morado oscuro, casi negro. Lo único que probablemente me haría ver compuesta y elegante -en caso de abandono corporal.

Mi acompañante -digo acompañante, porque sería absurdo llamarle “cita” a un festín de drogas en el bosque- me dice que lleve velas blancas, ni idea para qué, pero las llevo igual. Nos juntamos a las 9.30pm, es un viaje de una hora, con pocas palabras. Estamos a punto de lanzarnos al embrujo, con la fémina más hipnótica: la luna.

El bosque está oscuro, pero la luna llena ilumina los árboles, se percibe como un filtro de luz densa, se respira olor a tierra húmeda y hay un poco de locura en el ambiente.

Siento un beat, una base contagiosa, sub bajo, atrapante. Hay luces de colores, objetos con pintura reflectante, esculturas y toda clases de estímulos para que nuestros cerebros, alterados con químicos, decodifiquen el panorama que se nos presenta alrededor. Naturaleza y tecnología: exceso de información para unos, cortocircuito para los débiles.

Llegamos a la carpa de un amigo, sus pupilas están dilatadas, lo que sea que se tomó está bueno. Saca un papel metálico, donde guarda un cartón. Toma unas tijeras y nos dice “tomen, está por la mitad”, es 25I. Lo miro y digo: filo, es un regalo. Tengo un triangulito pequeño en mi dedo índice, lo pongo sobre mi lengua y espero que se deshaga.

Salimos de ahí, nos acercamos a la música y las luces futuristas, bailamos un rato, lejos, solos, con otras personas, en una atmósfera bastante onírica. No sé si ya estoy bajo el efecto de las drogas, pero nos alejamos en dirección al río, nos tiramos bajo un árbol, y solo se ve la luna y se siente el viento, cálido y frío como esa canción de Franco de Vita.

Mi acompañante-cita me besa, de pronto algo pasó: estoy muy, pero muy, drogada, siento algo extraño, algo con el tiempo, con mi cuerpo, con él, con todo. Estaba exageradamente drogada/enamorada.

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Nos miramos, él abre su mochila, saca unas velas, me dice “¿trajiste la velas?”. Se las paso, hace un círculo en la tierra: un pentagrama, y en cada punta de la estrella pone una vela. “Pide un deseo” me dice. Nos besamos semi desesperados, nos sacamos la ropa, ahí los dos desnudos, bajo la luna llena, en el bosque, y con la mitad de una tripa china en el cuerpo. Sexo en la naturaleza, no podía ser mejor. Fue como un momento de reconocimiento. El hechizo voluntario del amor. Dejamos que el viento apague las velas ya consumidas por el fuego.

Busco mi ropa tirada en el pasto, es complicado diferenciar las prendas, solo parece una bola de ropa negra, perdí uno de mis calcetines (nadie lo notará), me pongo mis botines con hebilla, siempre compuesta (creo). Nos terminamos de vestir y vamos en dirección a la nave madre del techno, donde ya había gente caída tras la epidemia de la danza.

Amanecía, y los cuerpos de los asistentes se empiezan a tornar morados por la presión baja, tras una bomba de eme, 25B, 25I, y hongos entre otras cosas.

Momento de silencio y contemplación ante el amanecer.

El sol sale, y los vampiros nos escondemos.

De día es confuso saber si lo que vivimos fue real.

No recuerdo cuál fue el deseo que pedí.

Lo que sí, algo cambió, supongo.

Ilustración: Layne

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