Como todo concepto existente, el amor es algo relativo, cuyo entendimiento no solo se ajusta a nuestra realidad, sino que es altamente influido por nuestro contexto. Entonces, ¿de qué hablamos, culturalmente, cuando hablamos de amor?

Partamos con algunos ejemplos de lo que el cine nos enseña:

Disney: de niña vi todas las películas de princesas y ahora en retrospectiva, creo que lo que comunican es conformarse con poco al comprometerse con el primer hombre que se les cruza, lo que significa que el “felices para siempre” es a costa de una alta dependencia emocional y económica. El fin es encontrar el amor, amor que se encuentra sin esfuerzo, por arte de magia, y con el cual te autorrealizas como mujer.

Romances de película: hay una versión del género llamado “chick flick”, que básicamente es un drama sobre emociones positivas, por lo cual es orientado a mujeres y otras criaturas débiles ¿qué le gusta a las chicas? Historias repetitivas y fáciles de consumir. Es casi como un Disney para adultos, solo que la princesa es una mujer profesional y exitosa. Su felices para siempre también se logra al conocer el primer hombre que se le cruza, un tipo mediocre, que no ha leído el manual de Carreño, trata pésimo a su media naranja y se encuentra en un estado avanzado de misoginia. Obviamente, la mujer no solo asume el papel de interés romántico, sino que maternal, para volver un poco más humano al troglodita, por lo que además debe sacrificar parte de sus metas profesionales para autorrealizarse como mujer. 

50 Sombras de Grey: lo mismo que antes, pero versión “el que te quiere te aporrea”, por lo que el conformismo debe además incluir sumisión sexual, ya no solo para fabricar críos, sino que por el placer masculino, sobre el propio. Algo que ha molestado mucho a los practicantes de BDSM es la falta de consentimiento explícito en esta historia, cuando esta práctica depende completamente de la confianza entre les involucrades.

Considerando que estamos en la era de internet, y tenemos a nuestro alcance tan diverso conocimiento acerca de las prácticas humanas románticas, es tiempo de que empecemos exigirle un poco más a nuestras historias de amor. En los ejemplos anteriores podemos ver que la historia convencional de amor es bastante rígida y ha cambiado muy poco a lo largo de décadas.

En los medios, se replica este mismo tipo de mentalidad, un ejemplo es la cobertura de cuando Chris Brown golpeó a Rihanna. Muchos especularon sobre los motivos de la pelea, en lugar de condenar el comportamiento. Incluso con la foto filtrada de las heridas de la cantante, muchos justificaron esta violencia doméstica con frases que insinuaban que probablemente se lo había buscado por haber iniciado una discusión, haberle respondido a su macho alfa, o alguna otra excusa desviada. Esto se relaciona directamente con la idea de que la sumisión y el amor van de la mano.

Esta mentalidad trasciende las barreras de raza, clase e incluso de género, porque el amor se entiende como una relación de dominación, quién será dominado depende de la dinámica de la relación, y girará en torno a ella como un satélite. En lo cotidiano, es relativamente común conocer mujeres que deciden quedarse en un matrimonio a pesar de abuso físico y psicológico, a veces por entender su rol de madre como sumisión, otras veces por dependencia económica o estigma social, pero es obvio que los arquetipos que se nos comunican diariamente solo contribuyen a aumentar esta presión.

Entendemos el amor como algo permanente, estático y rígido. Esto, a pesar de que todas nuestras emociones varían de acuerdo a nuestra situación y jamás se nos ocurriría pensar que la pena o el enojo nos van a durar para siempre, pero el amor sí po. Quizás por esta razón es que en el ciclo de abuso entre parejas es tan común perdonar.
Al mismo tiempo, nos enseñan que el cambio es constante y somos testigos de esto con las alteraciones que la tecnología ha realizado en nuestra forma de vivir y relacionarnos mutuamente. Aun así esperamos que el amor no sufra cambios, y culturalmente nos retroalimentan con imágenes basadas en el cristianismo, que nos permiten idealizar el sacrificio y el sufrimiento como formas de obtener un amor puro, trascendente y eterno.

Obviamente, los hombres están exentos de sacrificio, ya que son los que generalmente están en la posición dominante. Saben que todo tipo de relación humana requiere esfuerzo, pero esta misma sabiduría no la trasladan al ámbito amoroso. El esfuerzo de socializar por el bien de la amistad es más válido que por el bien de una relación amorosa sana, porque al mismo tiempo se excusa la falta de necesidad de que la mitad más masculina se sacrifique, caracterizando al lado femenino de la relación como posesiva, manipuladora y extremadamente celosa, nuevamente ubicando al amor en un marco de dominación. Al no buscar soluciones a esta dinámica bastante incómoda, se puede entender que nuestro concepto de amor es una relación que no requiere esfuerzo y que se dará sola si sigues un cierto modelo de comportamiento, que no es más que un eufemismo para sumisión. Además, en la jerarquía social de género, los amigos tienen más valor que la polola, quien a su vez vale más que las amigas, porque el sexo también vende en las relaciones interpersonales.

En este contexto, la asociación entre amor y sexo es bastante compleja, porque el sexo no es correcto moralmente si no se hace con amor, por lo que practicar el sexo por placer es mucho mejor recibido entre hombres que por parte de mujeres, ya que se puede entender como un desafío al rol de sumisión que las caracteriza en las relaciones románticas heterosexuales.

¿Cuánta gente está frustrada sexualmente por esta mentalidad?

¿Cuánta gente ha creído ingenuamente en promesas de amor a cambio de sexo, por entender la sumisión como algo valorado?

¿Cuánta gente ha quedado emocionalmente lisiada por la falta de claridad de intenciones por tabúes sociales?